Pinturas de guerra
© 2006: Manuel Corleto

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Pinturas de guerra
Manuel Corleto

L I B R O   P R I M E R O

1

¿DÓNDE ESTABA EL ERROR? Repasaba una y otra vez el plano que tenía en sus manos, a un palmo de sus narices, entrecerrando los miopes ojos para enfocar mejor. Se lo sabía de memoria, paso a paso, línea a línea, palabra por palabra. Lo sostenía únicamente como forma de asidero —estaba dotado de una mente fotográfica, decían—, para poner distancia, un muro, entre él y la mujer desparramada en el suelo a mitad de la habitación. A ella no tenía que mirarla para saber lo que estaba pensando. También se la sabía de memoria. Y cuando eso pasa, si no se tiene cuidado, se termina por reinventar a la persona y su historia.
    Supo que ella iba a decir tengo frío. Cuando lo dijo ya la respuesta yo también estaba en sus labios. Los grasientos bordes del papel, sus irregulares dobleces, las arrugas y manchas, los borrones y tachaduras y correcciones, la rasgadura en el borde inferior izquierdo, sus pequeñas perforaciones y marcas de las grapas —que evidenciaban que había sido parte de un legajo mayor—, bailoteaban frente a sus ojos a pesar de que sus manos lo sostenían con tal firmeza que sus dedos terminaban por dolerle —últimamente el ácido úrico le estaba dando problemas—. Soltó uno de los bordes de la hoja y ésta se dobló en una lenta caída para dejarlo ver —esta vez sí con los ojos— a la mujer que se había movido ligeramente a su derecha, como buscando algo entre sus piernas.
    —¿Qué hora es?
    Me va a preguntar la hora piensa simultáneamente, fijando su mirada en los labios de la mujer. No podía evitar, cuando lo hacía, esa casi insoportable sensación en el bajo vientre, en los testículos que se movían involuntariamente acomodándose dentro del escroto mientras empezaban a fluir las glándulas secretoras del semen, disparando el mecanismo para llenar de sangre las cavidades del pene y provocar la erección. Ella lo vio ponerse de pie y aproximarse. Para entonces ya tenía desabrochado el cinturón y se metía las manos en las verijas con un movimiento brusco para exponer su pene que, desde esa posición, apunta directamente al rostro de la mujer. Ella desvía la mirada y cierra con fuerza los labios para después abrirlos desmesuradamente con un pujido, a causa de un certero puntapié que él le propina en la boca del estómago.  Ella se dobla en dos hacia adelante, él la toma de los cabellos obligándola a levantar la cabeza. Ella se siente ahogar por la falta de aire y porque ahora él le ha introducido la verga en la boca, sin soltarla de los cabellos con ambas manos, obligándola a mamársela, acomodándole el miembro hasta la garganta, con movimientos fuertes y violentos, asfixiándola casi, hasta terminar en una fuerte explosión de placer y dolor al mismo tiempo porque ella, en su desesperación, lo ha mordido.
    —¡Maldita perra!, exclama, dándole un sonoro puñetazo en pleno rostro.
    La mujer cae hacia atrás, la boca chorreando semen y sangre. El toma su miembro con ambas manos y lo examina. Las marcas de los dientes son evidentes, pero no se han roto sino algunos vasitos capilares, produciéndole moretones. Le tiemblan las piernas y se derrumba en la silla, frente a la mujer, observándola con la gravedad que en la morgue se miran los despojos de un desconocido. Se reacomoda el dolorido miembro en su lugar y toma el papel de la mesa a su lado, poniéndolo frente a sus ojos. Su mente vaga en varias direcciones, deteniéndose de vez en cuando en una palabra determinada o en un garabato de la desgastada hoja, a veces en el recuerdo de tal o cual cosa que puede parecer intrascendente pero que significará la clave del enigma, el acceso a la verdad, la solución del acertijo. Ya desde niño le había gustado ver las cosas por dentro, desmenuzarlas, llegar a su esencia para conocer sus secretos y misterios. Podía, sin mayor esfuerzo, leer en la mente de las personas, anticipando los riesgos y peligros, y llevándose también grandes decepciones. En la escuela mantenía un reino de terror entre sus compañeros, quienes le llamaban Tupapá. Y cuando alguien mencionaba a Tupapá, el-tuyo-por-si-acaso era la fórmula común de respuesta. Al igual que temido era respetado y hasta reverenciado, porque cada acto de maldad tenía, por un lado, la víctima, pero también, por el otro, algún enemigo de la mencionada que quedaba contento y eternamente agradecido por el servicio.
    —Tupapá tiene toda la paciencia del mundo, le dice acariciándose el sexo sobre el pantalón, más para aliviar el dolor de la mordida que anticipando un nuevo asalto. ¿Qué tal si empezamos otra vez por el principio?
    El y los otros tres compinches violaron a la hija de trece años del carnicero. Pero no se conformaron con arrastrarla hasta el sitio baldío y abusar de ella, sino que la sodomizaron durante varias horas, poniendo en práctica todas las fantasías sexuales que habían aprendido copiándolas de revistas pornográficas y de las historias que les contaban los amigos y que dejarían chiquito al mismo marqués de Sade, llegando a introducirle, inclusive, objetos en la vagina y el ano, y dejándola abandonada, amarrada a un jocotal, con los pezones atravesados por espinas, hasta que la encontraron casi muerta al día siguiente, llena de moscas y hormigas y alertados por el zopilotero. El carnicero juró que si agarraba a los culpables, les cortaría la verga y se las metería por el culo antes de hacerlos picadillo. Y todos habían visto a don Chente, el fornido y de pocas pulgas carnicero, manejar la hachuela con el hueso y el cuchillo con la de asar con una maestría como para ponerle la carne de gallina a cualquiera y no dudar de sus promesas. La niña, para más señas, era muda y retrasada mental, por lo que no pudo aportar mayores datos a la investigación. Aunque el rumor que corría era fue Tupapá, el tuyo por si acaso, nadie se atrevía a inculparlo directamente por temor a una represalia. Sin embargo, tres días después lo pescó la policía en una redada. Al principio, todo indicaba que le iban a meter el huevo por andar con un tacifiro con hoja de seis pulgadas de largo, pero alguno de los policías que resultó ser amigo de un hermano de don Chente tuvo la genial idea de hacerle un favor al cuate y de paso también a la sociedad, dándole un escarmiento. Primero lo vapulearon, dejándolo como nuevo. Después le llevaron al Terencio, un enorme negro de Puerto Barrios que estaba cumpliendo condena de treinta años por haber asesinado a varios niños después de abusar de ellos y que tenía fama de talegudo, para que le diera a Tupapá un poco de su propia medicina.
    —¿Y diai, mamaíta? Usté sabe que a mí no me gustan los desaires. Si no me dice lo que quiero saber, voy a tener que llamar a los boys para que sigan jugando al tiro al blanco con todos esos jugosos agujeritos que usté tiene.
    Se huyó del correccional de menores y durante mucho tiempo no se supo nada de él. Algunos decían que lo habían matado en un palenque de gallos por líos de apuestas. Otros, que se había ido de mojado a Los Ángeles después de sumar otro ayote a su curricula criminal. Pero la verdad es que no se sabe donde anduvo hasta que resultó de alta en el ejército. Al cumplir su tiempo en el servicio pasó a formar parte de la seguridad de algunos cuelludos y funcionarios menores hasta que paró de guardaespaldas del jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional. Cuando trasladaron a su jefe, lo acompañó a su nuevo puesto como director de Inteligencia Militar en una curiosa edificación de dos plantas, enclavada entre un gran salón que tiempo atrás había servido para la devoción religiosa —no templo, más bien capilla de oración— y que tenía el nombre de una santa mártir y virgen sacrificada a los moros siglos atrás en las Españas, que ahora servía como bodega a una exitosa empresa de chucherías comestibles empacadas en bolsas plásticas de llamativos diseños y colores  —pero  que  por  sus  nulas propiedades alimenticias son llamadas en inglés junk food, hermana menor de la fast food—, y la casona del insigne poeta Velazco, quien con su voz diera lustre a las fiestas minervalias del recordado tirano de los veintitantos años, embajador cultural en Nueva York y en el viejo continente, y autodesterrado y muerto en Madrid, sin mayor pena ni gloria, a la caída de éste. Tupapapá pondría su granito de arena para que ese lugar no fuera olvidado en mucho tiempo. Sí, señor. Entre otras cosas, porque no figuraba en la nomenclatura de la ciudad ni en el registro de la propiedad inmueble. Técnicamente, no existía tal lugar. Algunos lo llamaban simplemente la casa sin número, por carecer de dirección postal.
    —Bueno, mi reina, le dice Tupapá, sin apartar la vista del ajado papel que sostiene, prepárese para recibir a su corte. Yo, lamentablemente, debo ir a hacer un mandado. Pero no se preocupe, no voy a tardar. Volveré como McArthur.
    Le envía un beso y la deja, desnuda, engrilletada, sangrante, a merced de esos lobos. Ella cierra los ojos para intentar seguir soñando el sueño donde se encuentra en la playa, bañada por el sol y las olas, perdida en la profundidad de los ojos de Martín. Nada más.





2

LA VIDA ES ASÍ m'hija le dijo su madre cuando cumplió quince años y se puso su primer vestido escotado hasta la cintura como dijo su padre a quien no le hizo ninguna maldita gracia ver a la patoja enseñando la pechuga con tacones altos y labios pintarrajeados pero estaba de acuerdo con su mujer nadie sabe para quien trabaja tanto cuidarla tanto esperar a que creciera y ahora que la veían hecha una señorita con ese cuerpo de cintura estrecha amplias caderas piernas fuertes de potranca asediada por los garañones que sólo ganas eran como la miel por las moscas se les hacía un nudo en la garganta de sólo pensar que cualquier hijo de vecino la podía desgraciar en un descuido en un segundo porque la muy jodida tenía su temperatura como decía maliciosamente su tía por temperamento y se le miraba que si no se tenía cuidado con ella iba a parar de puta como la Merceditas Lemus que no tuvo la culpa ella sino el culo que Dios le había dado pero la vida es así repite la madre y el padre que no es así y se la pasan discutiendo mientras la niña se hace mujer de exuberantes formas y desbordante sensualidad que eso no es del todo malo dijo la madre que no había que quitarle el ojos de encima dijo el padre y la criatura entre dos fuegos sufr&